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una cuota de ilusión, de ceguera, de parcialidad, de horizonte restringido, de olvido

ese envoltorio necesario para que el tiempo se incline por entero ante el instante de la vida

nutriendo su irrefrenable pasión, su credulidad, su determinación, su osadía, su amor por aquello que está por venir, así como su injusticia e impiedad frente a lo que ya existe



sábado, 20 de marzo de 2010

Fragmento de Para que poemas de R. Dorra.

“La poesía está en la base de toda literatura y aun en la base de la comunicación social. En la poesía está el deseo de decir para que ese decir sea un acto de reunión con el otro y por ello es que digo que ella está en la base de toda comunicación. En la cadena enunciativa, comenzando por la frase, actúan las leyes de la sintaxis con el fin de que el mensaje mantenga la coherencia de sus estructuras y conserve la posibilidad de ser recogido e interpretado; pero estas leyes que ordenan el enunciado adquieren una continua tensión porque, desde una posición de marginalidad que es igualmente de centralidad, también actúan dos componentes verbales que no forman parte de la estructura sintáctica y más bien la atraviesan: ellos son la interjección y el vocativo.

Si la interjección es la directa expresión del sujeto, es el sujeto a su vez atravesado por la urgencia de salir fuera de sí, el vocativo es el llamado del otro, el llamado dirigido hacia el otro y que también atraviesa la estructura sintáctica. La poesía tiene su sede en estos dos núcleos de tensión y de ahí proviene esa fuerza que pone continuamente a prueba las leyes estructurales del enunciado.

Podemos pensar la poesía , entonces, como pura enunciación. En tanto expresión –aparición –del sujeto, o puro llamado, la enunciación, antes que en lo hablado, se realiza en la voz pues la voz es el lugar y el momento en que emerge el sujeto: es su ahora y su aquí. De modo que, más que la palabra, lo que la poesía nos trae es en realidad la voz; más que lo dicho, materia fónica que el hablante expulsa. La voz, precisamente, no es materia sino forma; la voz es el pliegue de la materia fónica, el pliegue donde a su vez toma forma el sujeto, o sea el “quien” del habla o, dicho aún con más propiedad, el que habla en el habla. La voz es la modulación de la materia fónica y por lo tanto es un fenómeno de la continuidad. En el movimiento continuo de la voz aparecen sus componentes –timbre, altura, intensidad, cromatismo, tempo, etc.- cuya combinación, siempre única, señala la marca de una identidad, muestra al sujeto en tanto uno consigo y en tanto tendido hacia el otro.

Ahora bien, es al interior de ese movimiento donde a la vez toma su forma el habla. Porque si la voz es continuidad, el habla es articulación pues con ésta el murmullo original se segmenta, construye una arquitectura de acontecimientos y de pausas significantes, así como define los ejes del paradigma y del sintagma y organiza la relación sonido-sentido. En el habla la voz define su voluntad de decir. La poesía es entonces la forma discursiva que mejor ejemplifica esa voluntad de decir que, al cabo, no es otra cosa que la voluntad de que el deseo-deseo de ser uno y ser el otro- se haga palabra o que la palabra se haga deseo. La palabra se instala en el deseo tanto como el deseo se instala en la palabra pues ésta acontece como un desdoblamiento del sujeto. Al pronunciarla, el sujeto se desdobla, produce en el núcleo de sí mismo una escisión que hará de él continuamente un buscador y un buscado”

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